Hasta hace poco, la palabra “autoinmune” era un término médico que se leía en algún texto científico. Un problema ajeno, una estadística en la que nunca te imaginas estar. Pero la vida es hábil para acercarte lo que ignorabas: mi esposa fue diagnosticada con una enfermedad autoinmune, sin cura, costosa y que te agota. Un diagnóstico que no solo debilita el cuerpo, también hace temblar tu bolsillo y tu ánimo.
Decidimos enfrentarlo en corto. Porque así nos educaron: que los problemas de casa se quedan en casa. Que uno “debe” resolverlos con dignidad, “sin molestar”. Hasta que la realidad se vuelve insolente, los exámenes cuestan lo que no estaba en el presupuesto, las medicinas parecen cobrarse en billetes de Benjamin Franklin hacia arriba, y las emociones… bueno, esas no tienen precio, pero sí un alto costo.
La información se filtró y ahí ocurrió lo inesperado: la red se activó. Amigos, colegas y conocidos —algunos de años atrás y décadas inclusive— aparecieron con mensajes, oraciones, gestos, servicios y dinero incluso. Sin pedirlo. Sin anunciarlo y sin poner condiciones.
Es ahí cuando entiendes que el networking no es una agenda de contactos. Es el tejido humano que te sostiene cuando la vida estruja. Es esa llamada, ese mensaje, ese «aquí estoy», que llega sin que lo busques.
Algunos familiares también se enteraron y lanzaron la pregunta incómoda: «¿Por qué no nos dijiste antes?». Y sí, ¿por qué? Tal vez porque nos cuesta admitir que también necesitamos ayuda. Que la fortaleza no siempre es andar solos.
Así que hoy te pregunto:
¿Tu red está hecha de contactos o de brazos que sostienen?
Si no lo tienes claro, este es el momento de empezar a construirla. Porque cuando llegue el día que la necesites —y créeme, llegará— querrás que ya esté ahí.
Marlon Tandazo Palacio
www.marlontandazo.com