Estamos a mayo de 2026 y, mientras el resto del país se preocupa por nimiedades como la economía global o la violencia, en Loja hemos inaugurado oficialmente nuestra temporada favorita: los mesías lojanos. Esa fauna política que hiberna durante tres años y medio ha despertado, estirando sus mejores trajes de «gente de pueblo» y ensayando la sonrisa de quien nunca ha roto un plato.
Es fascinante ver cómo los precandidatos a la Prefectura han desempolvado el mapa de la vía Loja-Catamayo. Sus propuestas son tan creativas que parecen sacadas de Disney. Pero no importa; el lojano ama su vía a Catamayo como el náufrago ama su espejismo.
Lo más cómico es la «renovación». Vemos a las mismas figuras que han orbitado el poder desde que Loja era una aldea colonial, pero ahora con un community manager que les ha enseñado a usar términos como «smart city» y «ecosistema disruptivo».
Y por supuesto, el infaltable recurso de la ‘Lojanidad’. Si no tienes propuestas técnicas, apela al orgullo. «Loja para los lojanos», dicen, mientras ignoran que la globalización nos pasó por encima hace años y que el talento local huye más rápido que el viento en el Villonaco.
Al final, el verdadero absurdo no radica en el candidato que disfraza su ignorancia con términos de moda, sino en nuestra disposición a aceptar el espectáculo como sustituto de la estrategia. En una ciudad que se jacta de su cultura, ya va siendo hora de que dejemos de ser un público pasivo para convertirnos en los críticos que exigen, por fin, una política de la altura.
Victoriano Suárez Álvarez
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