Loja y sus desastres naturales, no son algo nuevo para la urbe, estos son las consecuencias de una colisión evitable entre una geología implacable y una burocracia negligente. Estudios del Instituto Espacial Ecuatoriano (IEE, 2018) y la academia lojana (UNL, UTPL) lo corroboran desde hace mucho tiempo. Estas investigaciones han identificado un «rompecabezas» de fallas activas y saturación hídrica. Sin embargo, al 2026, el distanciamiento entre la ciencia y la institucionalidad es un abismo que amenaza la estructura urbana.
El problema no es la falta de recursos, sino su destino. De un análisis presupuestario (2020 – 2025) al GAD Municipal de Loja, se revela una cruda realidad, mientras los gatos corrientes devoran entre el 70 y 80% del presupuesto de la institución, la inversión en Gestión de Riesgos a duras penas llega a cerca del 1%. Esta hipertrofia administrativa ha convertido al municipal en una agencia de empleo, antes que, en un ente técnico direccionado a brindar seguridad.
La gestión opera bajo una «ineficiencia cínica». Se ignoran las cartografías elaboradas en Multiamenazas (IEE, 2018), para aprobar lotizaciones en laderas con pendientes superiores al 45% (Eje Norte y Ciudad Victoria), solo para declarar «emergencias» cuando el lodo llega a las casas. Esta modalidad permite contrataciones directas y evita la planificación preventiva, gastando hasta diez veces más en reparar lo que se pudo evitar.
La indiferencia ha creado focos críticos; el relleno de Punzara está colapsado con lixiviados que amenazan la salud pública y contaminan causes de agua; los ríos Zamora y Malacatos reciben vertidos directos que superan drásticamente los límites legales (Castillo-Villalta, 2025). La obstrucción de quebradas y el alcantarillado combinado son bombas de tiempo.
Loja es víctima de una «Cleptocracia de la Planificación». La geología no perdona la indiferencia; si no se prioriza la inversión técnica sobre el clientelismo político, el próximo desastre no será sorpresa, sino el resultado lógico de una administración de sellos y escritorios, sobre muros de contención y ciencia. La pregunta para el ciudadano no es si ocurrirá otro evento, sino cuánto tiempo más permitiremos que el silencio técnico financie nuestra propia vulnerabilidad.
Pablo Ortiz Muñoz
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