El sutil asalto a la democracia

Puede haber apoyo legal para cancelar organizaciones políticas unos meses antes de una elección. Pero en una democracia, no es suficiente que una decisión sea legal; además, debe ser legítima, prudente y oportuna. Sin embargo, solo a través de la confianza colectiva de que las reglas se aplican con equilibrio y no con oportunismo, y que no son destructivas de la naturaleza plural del sistema, es posible el gobierno democrático. No es solo el acto legal, sino también el contexto, el momento y el efecto acumulativo de este en la percepción pública.

Políticamente, la forma es tan importante como el fondo. Cuando las decisiones tienen consecuencias institucionales importantes en un contexto de polarización, desconfianza o debilidad democrática, algunas de las consideraciones inevitables permanecen sobre la neutralidad del arbitraje; si esas instituciones pueden ser autónomas y si el estado de derecho va a ser operativo en absoluto. La verdadera democracia no teme a la diversidad política; la anhela. Como esto exige una confrontación de ideas, una confrontación abierta, un debate democrático sobre los temas en el discurso público y garantías sólidas, también necesita estar acompañado de un debate justo para que la voz de todos los que actúan bajo el marco de su constitución funcione en igualdad de condiciones. Cuando ese pluralismo se ha reducido, cuando la política comienza a ser vista como excluyente, en lugar de representativa, y donde los ciudadanos creen que las reglas se han convertido en algo que no es compartido por todos, lo que está en riesgo no es solo un partido o un candidato: es la fe pública en la democracia misma. Y una democracia sin confianza pública es una democracia vaciada desde dentro: celebra elecciones, pero pierde legitimidad; mantiene instituciones, pero erosiona su credibilidad; conserva configuraciones republicanas, pero rompe su espíritu.

Ecuador necesita más voces, más debate, más pensamiento crítico, más garantías institucionales, no menos. Necesita justicia independiente, árbitros confiables y una cultura política que esté preparada para entender que la disidencia no es una amenaza para el sistema, sino una forma de energizarlo. Porque la democracia sufre no solo cuando se infringe la ley; tambalea cuando los ciudadanos ya no entienden que la ley es genuinamente igualitaria para todos. Y ahí, silenciosamente, está el comienzo de la erosión republicana más letal.

Pablo Ruiz Aguirre

pabloruizaguirre@gmail.com

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