Cada decisión que tomamos parece estar marcada por una tensión invisible «la lógica que ordena y la emoción que impulsa». Desde la política hasta las relaciones personales, la sociedad nos exige racionalidad, pero nuestra naturaleza nos recuerda que somos seres atados a sentimientos.
La razón, orientada a lograr una precisión matemática, es considerada la base del progreso científico y tecnológico, pues ha aportado soluciones objetivas a problemas colectivos. Sin embargo, cuando pretende imponerse sin matices, su esencia se torna en deshumanizante, ya que reduce a los individuos a simples engranajes de una maquinaria que olvida la riqueza de lo subjetivo.
El sentimiento, por su parte, nos conecta con lo profundo de nuestra identidad. Es la chispa que enciende la creatividad, la empatía que nos impulsa a la solidaridad, la pasión que moviliza comunidades y la nostalgia que nos devuelve a instantes de descubrimiento personal. Sin emociones, la vida sería un cálculo vacío. Pero cuando se vuelve dominante y carece de contrapesos, puede derivar en decisiones impulsivas y en conflictos nacidos de la visceralidad.
El dilema no es nuevo. Durante siglos se ha debatido cuál debe prevalecer. Lo cierto es que, en la práctica, razón y sentimiento no son enemigos absolutos. Más bien, se entrelazan en un diálogo constante «la razón necesita del calor humano para no volverse rígida y el sentimiento requiere de la claridad racional, para no perderse en el exceso».
Entre la razón y el sentimiento se juega la esencia de lo humano. No se trata de elegir un vencedor, sino de reconocer que ambos son necesarios para construir una vida plena. La razón ofrece claridad y orden, el sentimiento nos recuerda la fuerza de lo íntimo. Contar con un balance entre ambas voces, es posiblemente la clave para decisiones más justas y, sobre todo, más humanas.
Néstor S. González Marca.
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