Cuando un país es gobernado con el miedo como estrategia y el desconcierto como táctica, lo que está en juego no es solo una coyuntura: es su democracia. Lo que hoy se perfila como una consulta popular para el 16 de noviembre no busca escuchar al pueblo, sino rediseñar el país al gusto de quienes detentan el poder.
La intención de cambiar nuevamente la Constitución no responde a un clamor nacional ni a una reflexión democrática sobre su vigencia. Es, más bien, la respuesta desesperada de un gobierno que, incapaz de gobernar con justicia, quiere gobernar sin límites. Y eso implica modificar más la estructura misma del Estado, debilitando su función social, suprimiendo garantías, y desmantelando derechos ganados con décadas de lucha.
Ya no se trata de errores, sino de un proyecto político que aprovecha el dolor de un país cansado para imponer una agenda que favorece al capital, criminaliza la pobreza y promueve la regresión de derechos. La periodista Naomi Klein en su obra “La doctrina del shock” lo explicaba con claridad: se siembra el caos para cosechar poder absoluto.
Ecuador no necesita una nueva Constitución; necesita cumplir la que tiene. Lo que urge no es una reforma del marco constitucional, sino una reforma moral de quienes lo violan cada día. Cambiar la Carta Magna no curará la inseguridad, no bajará el costo de vida, no sanará la justicia.
Lo advirtió Naomi Klein: el shock es útil para el poder cuando quiere imponer lo que jamás aprobaríamos en calma. Mientras el pueblo sufre, algunos calculan. Mientras unos lloran a sus muertos, otros reparten contratos a familiares sin licitación. Se nos distrae con debates vacíos, mientras se reconfigura el país.
Este editorial no es un llamado al miedo, sino al pensamiento crítico. No dejemos que nos roben el país en medio del ruido. No votemos con el corazón manipulado ni con la esperanza mutilada. Preguntémonos con claridad: ¿a quién beneficia esta consulta para lograr una constituyente? Porque al pueblo, claramente, no.
Álex Daniel Mora Arciniegas
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