Hay algo que me inquieta más que los discursos pomposos, las entrevistas o mensajes llenos de ofrecimientos o las promesas repetidas hasta el cansancio. Me preocupa el silencio. Ese silencio que poco a poco se ha vuelto costumbre, casi una forma de sobrevivir.
Hoy pareciera que cuestionar al poder exige pedir disculpas de antemano. Si señalas una irregularidad, inmediatamente alguien te coloca una etiqueta. Si hablas de derechos humanos, te llaman defensor de delincuentes. Si exiges transparencia, te acusan de hacerle el juego a algún adversario político. Y así, mientras discutimos quién tiene la culpa de los últimos veinte años, dejamos de mirar lo que ocurre delante de nuestros ojos.
La verdad es que un país no pierde su rumbo únicamente cuando un gobierno se equivoca. También lo pierde cuando la ciudadanía deja de hacerse preguntas. Cuando los medios prefieren la comodidad antes que la investigación. Cuando la academia calcula el costo de opinar. Cuando el empresario guarda silencio para no incomodar al poder de turno. Y cuando nosotros mismos aceptamos que el miedo sea más práctico que la conciencia.
Resulta curioso. Nos hablan de orden mientras la incertidumbre crece. Nos ofrecen seguridad, pero todos los días hay asesinatos. Cada semana aparecen nuevas dudas sobre contratos públicos, hospitales sin medicinas, estados de excepción que parecen permanentes, investigaciones que llegan siempre a los mismos y silencios que nunca alcanzan a los verdaderamente poderosos. Sin embargo, lo urgente termina siendo otra polémica pasajera que dure hasta el próximo titular.
Y es que la democracia no muere solamente cuando se cierran las urnas. Empieza a debilitarse cuando dejamos de exigir explicaciones, cuando normalizamos el abuso porque creemos que le ocurre al otro, cuando preferimos una consigna antes que una pregunta.
Quizá el mayor triunfo del poder no sea convencer a todos de que tiene razón. Basta con lograr que quienes dudan decidan callar. Porque una sociedad que deja de pensar termina aceptando como normal aquello que, hace apenas unos años, habría considerado sencillamente inaceptable.
Álex Daniel Mora Arciniegas
alexmorarciniegas@gmail.com