Una preocupación ronda en la ciudad por la masiva presencia de palomas domésticas, constituyéndose los parques de Santo Domingo, San Francisco y edificios aledaños en verdaderos palomares, con la agravante de que la acumulación de sus excrementos, según criterios técnicos, sería una amenaza para la salud pública. Se sabe que 3 enfermedades humanas están asociadas con sus excrementos, los que además provocan un gran deterioro del patrimonio artístico y arquitectónico de la ciudad, así como una afectación a la imagen urbana.
Se pide entonces procurar que las colúmbidas emigren con otro rumbo y dejen vacíos los palomares. También evitar por lo pronto su propagación, advirtiendo lo que puede suceder si una paloma puede vivir 20 años y reproducirse 4 veces al año. El exceso podría invadir la “calle viva” y la Plaza de la Cultura que están cerquita a los palomares. Al parque central solo avanzan las palomas jubiladas o viejecitas, por eso coloquialmente lo llaman “El parque de las palomas caídas”
La preocupación es entendible, pero ¿Cómo interrumpir el buen vivir de las palomas? No quisiéramos se repita lo sucedido en julio de 2017, que aparecieron muertas una veintena de palomas en el piso del parque de Santo Domingo y nadie supo quién las mató. En otros países para eliminarlas han cumplido ciertos métodos técnicos, alimentándolas con anticonceptivos, hasta introducir halcones o “ratas voladoras” para que las ahuyenten, pero jamás envenenarlas.
Por eso es conveniente buscar soluciones mediatas e inmediatas de manera conjunta entre colectivos, fundaciones y más defensores de animales con el Municipio de Loja, inclusive para que no ronde la idea de otra posible matanza. El resultado del interés común por un problema urbano tratado con prudencia y serenidad, con higiene y prevención puede ayudarnos a vivir mejor.
Adolfo Coronel Illescas