Somos punteros, ahora lideramos los rankings de la tristeza: seguimos teniendo nuestras ciudades en la lista de las más peligrosas del mundo, somos terceros entre los países del continente con más hambre, las cifras de muerte han roto récords en nuestra historia. Hemos llegado hasta aquí por varias vías: por la ingenuidad o la buena fe de quienes creyeron en los saltimbanquis, por el odio que hoy arrastra también a los odiadores, por el silencio cultivado por quienes tenían mucho por decir, por la necedad de jugar hasta topar el fondo para ver si no podemos ir más abajo.
Si algo de nuevo tiene el Ecuador de hoy, es que ya no es solamente un país polarizado, como se ha venido asegurando pase lo que pase, sino que el de hoy, es un país fracturado, y atravesado ya no por líneas imaginarias, sino líneas dolorosas de muerte, desnutrición, abandono, migración y miedo. Es una sensación nueva la que recorre el ánimo de la gente, es cierto: incertidumbre, desempleo, y desesperanza. Ya nadie quiere volver a un país así, y los que se han quedado, miran la salida como una opción inevitable. Cuando nos vuelvan a ofrecer algo que parezca nuevo, preguntémonos si no es un truco de feria: ofrecernos como nuevo lo viejo, pero remozado, cambiado de colores y de nombres.
El inmovilismo es una actitud generalizada, así como el silencio frente al horror de un país que se desgaja por todas partes. Hay que decir algo, en todas partes, algo que levante al menos un poco del polvo asentado en los ojos o en las ideas. Si no lo hacemos, tendremos que pedir que el último apague la luz.
Pablo Vivanco Ordóñez
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