No se trata de declarar que todo pasado fue mejor, ni de creer que todo avance resulta bueno. Hay matices que merecen revisión. La forma de hacer la política ha cambiado: los partidos con solidez ideológica se han vuelto casilleros para cualquier nombre, los mítines se han reemplazado por videos de segundos donde no hay argumentos, la discusión ciudadana ha muerto bajo la sombra del meme.
Antes, las oposiciones se enfrentaban sin anularse, sostenían posiciones ideológicas claras y fundadas. El partido se respetaba, no solo por coherencia, sino también por honor; y la formación política no podía descuidarse, porque había cuadros listos para disputar ese espacio. Hoy, tenemos en las papeletas estafadores, prontuariados, y sospechosos de todos los delitos. El tiempo se ha ido llevando hasta el pudor.
Los votos de hoy ya no se conquistan ni con programas, ni con planes, se conquistan a codazos. Y el gobierno de hoy lo ha elevado a política de Estado: arrasa con todo aquello que impida la reproducción de sus intereses, se abre paso a golpes. Sin rubor, encarcela a sus principales opositores, persigue a quienes les hacen sombra, cierra cuentas bancarias de manera arbitraria a luchadores sociales y cancela partidos políticos de cualquier espectro que pueda amenazarlo.
Es un triunfo de lo grotesco, de lo simplón y populachero; de mayorías amasadas en el golpe bajo y artero. Degrada la política, lo público y la sociedad misma, que tiene que alimentar representantes parasitarios que se alimentan de lo colectivo para destruirlo.
Después de todo, la sospecha sigue siendo válida: mirando hacia atrás se encuentran más luces que desbocándonos hacia el futuro.
Pablo Vivanco Ordóñez
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