Un romero en Navidad

Bajo la luna llena camina un romero. Un hombre sin casa, sin patria, sin sueños. Un personaje de León Felipe. Fatiga la senda el romero y se acerca a una casa vencida por los años y la soledad. Dentro se mezclan los olores y las voces. Hay recuerdos y tristezas, hay aguardiente y hay nostalgia. Se han reunido los que quedan de la familia para paliar juntos el frío de la noche buena.

No hay luces ni hay regalos, no hay sonrisas, solamente gestos de desesperación, cabezas que se sacuden para espantar los malos recuerdos. Quieren olvidar a los que se fueron, a los que migraron buscando un poco de aire y un poco de paz, a los que abandonaron este mundo expulsados por la miseria, desterrados de la vida por el egoísmo brutal. Los que se quedaron solo quieren olvidar. No quieren saber nada de las esperanzas y los engaños que se venden en las pantallas. Saben, con la lucidez que otorga el desencanto sempiterno, que no se puede confiar en ninguna cara sonriente, en ningún joven bien peinado y con los bolsillos llenos de oro. Saben también que las penosas caridades que golpean a su puerta en cada navidad, a la larga, costarán mucho más que una bolsa de caramelos o un juguete. Tales caridades, en un momento o en otro, se cobrarán con intereses, en votos que consagrarán una vez más – ¡son tantas ya! – al egoísmo y la codicia en el poder. ¿Y el próximo año? El próximo año, próspero y reluciente, que se aproxima a todo galope, será muy bueno, como siempre, para los que explotan y para los que medran. El Romero recuerda los versos de León Felipe: “¡Que día tan largo y que camino tan áspero, /que largo es todo, que largo, /que largo es todo y qué áspero!”.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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