En esta época del año, las vitrinas rebosan de juguetes mientras muchas manos permanecen vacías; los restaurantes ofrecen exquisitos menús, pero aún existen estómagos sin alimento. Es una temporada en la que las cenas navideñas se multiplican y, de manera coyuntural, también surgen conflictos familiares provocados por los excesos en los que incurre un importante sector de la población.
La familia debe ocupar siempre el primer lugar al momento de elegir con quién compartir. En ella están las personas que nos aceptan con nuestros errores y también con nuestras virtudes. Esa palabra tan significativa llamada hogar debe marcar nuestro rumbo, compartir con quienes realmente somos importantes e indispensables. En el trabajo tenemos compañeros, nada más que eso; allí somos prescindibles. Por ello, el hogar que hemos construido debe ser la primera opción en nuestras decisiones.
Las reuniones navideñas deben tener un propósito claro. No solo por el gasto económico que representan, sino también por los excesos que suelen presentarse, evidenciando en muchos casos un consumo desmedido de alcohol que genera conflictos en la relación con la pareja y afecta incluso a los hijos. La cena navideña debería ser un espacio de reencuentro familiar, de alegría compartida, de comunicación asertiva, proactiva y resiliente, fortaleciendo la unión familiar y promoviendo valores como la solidaridad y la ayuda social, especialmente hacia quienes menos tienen.
Hagamos de esta época un verdadero espacio para compartir. Recordemos que mientras algunas mesas están llenas de alimentos y dulces, y las vitrinas exhiben innumerables juguetes, existen niños en centros de acogimiento infantil, madres adolescentes y adultos mayores en situación de vulnerabilidad que esperan una mano generosa. Rescatemos el verdadero sentido solidario de la navidad, un tiempo para dar antes que recibir y para compartir con quienes más lo necesitan. Recuerden, ser feliz es una decisión personal.
Francisco Herrera Burgos
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