A pesar de la expectativa futbolística, nuestra realidad sigue marcada por un omnipresente subdesarrollo y, sobre todo, por una profunda inestabilidad político-institucional. Estamos por entrar a nuestro propio «mundial»: otra elección “democrática” —si se puede llamar así—, con muchos candidatos clasificados y otros tantos descalificados antes de la previa, por razones que la sociedad y los hinchas desconocen en su mayoría.
Será un mundial al puro estilo de Ecuador: con la cancha inclinada, y con árbitros y jueces totalmente parcializados. Sin embargo, en el fuero interno, quien dispone y predispone es la afición; una ciudadanía a la que a veces le falta tino, pero que tampoco es indolente ante lo que acontece.
Este torneo electoral presentará tanto a jugadores ya calcinados por su viejo recorrido político como a rostros noveles que, muchos de ellos, sin saber patear o driblar el balón, se lanzan a la cancha para ver si logran avanzar en las distintas etapas y coronarse campeones en sus respectivas localidades. Lo único certero es que la efervescencia está latente y las apuestas aún no definen una tendencia clara para nadie.
Al final, lo que nos queda son boletas caras para la población y un futuro político y económico totalmente incierto. Esto nos condena a seguir en un subdesarrollo con indicadores sociales preocupantes, sumado a una crisis de gobernabilidad cuyo rasgo principal es el rompimiento total de la articulación, la coherencia política y la cohesión social por parte de sus representantes.
Frente al inminente inicio de este partido, solo nos queda esperar el resultado y confiar en que, esta vez, gane el conocimiento, y que sean los más capaces quienes dirijan las riendas de las distintas administraciones.
Paúl Cueva Luzuriaga
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