Porque no son lo mismo

Para nadie es un secreto que las lógicas de lo público no son las mismas que las de lo privado. Es sencillamente otro tipo de formas, de reglas, de comportamientos, incluso de valores e intereses. La primera tiene como imperativo el bienestar común por sobre el individual; mientras que, en la segunda, impera el interés del capital, es decir, de su reproducción exponencial. El gobernante debe ser un buscador impenitente de las soluciones a los grandes problemas; el administrador, en cambio, es un buen explorador de todo aquello que pueda aumentar el capital. Ninguna, per se, es buena o mala: son simples derivas de dos mundos distintos.

La res publica no es la res privata: están contrapuestas. La mescolanza de ambas decanta en la captura de lo público para gobernarlo como si fuera patrimonio personal o empresarial, para gerenciar un país o para generar las condiciones que permitan la privatización de la mayor cantidad de lo que lo compone: la seguridad social, los servicios básicos o la educación, por ejemplo

En las gerencias se tiene trabajadores, despojados de su condición de ciudadanos: son manos que operan y vidas que sirven porque tributan energía para sus intereses. El trato se torna condicionado por la ubicación en la escala: no parten de la premisa de la igualdad sino de la desigualdad. La razón es patrimonio de quien toma la decisión. Por eso, los gobiernos cuya lógica está mezclada, tienen ministros, asambleístas, gobernadores —genuflexos, feligreses, batidores de palma— no son una idea, un criterio: son disciplinados cumplidores de la orden del propietario, del jefe, del presidente.

En esos contextos, el servilismo deja de ser un vicio personal, y nos pasa factura a todos.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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