Poca vida y reloj acelerado

Hay tiempos que imponen una aceleración capaz de hacer rendir a la memoria, de doblegar la voluntad de retener sensaciones, dolores, o alegrías, y son tiempos que nos arrojan en un nuevo espacio, en uno en el que nos bautizan con nuevas formas de mirar el rumbo de la existencia humana.

Hoy vivimos esa aceleración, esa inconmensurabilidad del instante, esa incapacidad de asir con las manos y con el pensamiento todo lo que sucede en nuestros entornos. Las imágenes que nos muestran desaparecen del recuerdo con facilidad, los mensajes virtuales generan reacciones, pero no respuestas, y el mundo rueda en una pendiente donde se salvarán quienes hayan aprendido a acelerar en igual dimensión que la gran rueda que nos empuja a ningún lugar.

Bombardeos de noticias, sobresaturación de información, oferta incesante de todo. Entre esa marejada de cosas que se cierne sobre la cotidianidad de la gente, ese ritmo y esa aceleración, han ido ocupando progresivamente la vida de la gente: los tiempos en el trabajo, las actividades domésticas, el entretenimiento y el tiempo de descanso. Junto a esa veloz imposición del tiempo del mundo, hay otro valor que impide que la gente se dedique a sí misma, y que le exige que haga algo, que produzca algo, y que por sobre todas las cosas genere dinero.

El afán productivista del mundo quiere que se viva por llenar los bolsillos, que se trabaje por la reproducción del propio dinero, y que se piense siempre en cómo reproducirla. Por eso es que hoy todo tiene precio, todo es tan fugaz, y el tiempo para no hacer nada ha quedado prescrito.