Los que llegan y se quedan en el alma de Loja

En sus memorables Crónicas de Loja, el eximio escritor lojano, doctor Efraín Borrero Espinosa, afirma con lucidez que los lojanos “tenemos que admitir y reconocer que muchas personas que se asentaron en este rincón de la patria – A Loja me refiero- han contribuido significativamente a su desarrollo en diversos órdenes y han sido eje fundamental de nuestro progreso”.

La frase encierra una verdad histórica y, al mismo tiempo, una lección moral: Loja no solo se ha construido con la sangre antigua de sus linajes, sino también con la voluntad fecunda de quienes la eligieron como destino. Porque hay hombres que nacen en un lugar, pero pertenecen a otro por vocación y servicio.

Uno de estos hombres es Hernán Bolívar Alvarado Espinoza, de origen zarumeño, quien llegó a Loja con la aspiración de estudiar Medicina en la UNL; sin embargo, su natural vocación por defender los derechos de las personas, promover el bien común y fortalecer la democracia lo condujo al estudio del Derecho, disciplina en la que obtuvo el título de abogado. Durante su vida estudiantil y luego como servidor del alma mater lojana asumió responsabilidades administrativas y gremiales. En eso años contrajo matrimonio con doña Martha Romero, dama en el más noble sentido de la palabra, con quien formó un hogar fecundo del que nacieron hijos hoy profesionales probos y estimados. Desde su acción gremial impulsó valiosas conquistas laborales y promovió la extensión universitaria en Zaruma; pero, sobre todo, dejó sembró en el trabajador lojano una convicción que aún perdura: los derechos laborales y humanos no se mendigan, se reclaman con dignidad y valentía, pues nacen de la propia condición humana.  Fiel a su espíritu emprendedor, incursionó también en el ámbito empresarial, donde fundó la Cooperativa de Transporte Ejecutivo Escolar “Podocarpus”, iniciativa que dio nuevo impulsó al transporte escolar y que proyectó su servicio en   FINATEI como representante de Loja. 

Para mí, además, su nombre no es solo el de un dirigente respetado, sino el de un amigo entrañable. La amistad- esa forma superior de la gratitud- me permite atestiguar que detrás del líder hay un ser humano recto, de palabra firme y corazón amplio. Y acaso esa sea su mayor victoria: haber sembrado respeto sin perder la sencillez.

Loja se honra con hombres así: hombres que llegaron de otros horizontes y terminaron   siendo parte de su conciencia cívica, Porque, en definitiva, no es el solo cuna la que otorga pertenencia, sino la entrega.

Y cuando la entrega es auténtica, la ciudad no solo los acoge: los guarda para siempre en su memoria y en su afecto.

Jaime A. Guzmán R.

jaimeantonio07@hotmail.es

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