Los indiferentes

Desde el frío muro de una prisión fascista hace más de 100 años, el pensador  Gramsci nos enseñó que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, decía el filósofo, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia,  pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos, es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar.

Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Por eso me fastidian los indiferentes decía Gramsci, porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

En ecuador, durante décadas, la indiferencia política ha sido el fantasma que recorre nuestras calles. La gente, hastiada por la corrupción y las promesas incumplidas, decidió que «todos son iguales» . El país de indecisos e indiferentes, en elecciones anteriores decidió no votar o hacerlo por el menos malo. Ese silencio electoral permitió que llegara al poder un personaje que prometía dureza pero que terminó repartiendo contratos a sus allegados mientras el país se desangraba en violencia. La indiferencia había abierto la puerta, y por ella entraron los lobos vestidos con piel de cordero dispuestos a hacer de las suyas.

El texto gramsciano resuena hoy en nuestra conciencia: la política no es un espectáculo para ver desde la butaca, sino un terreno de juego. Porque cuando los mejores callan, los peores hablan. Y cuando los indiferentes se abstienen, los destructores gobiernan.

Jorge Abad

jhabad@utpl.edu.ec

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