¿El fútbol es político?

No veas el fútbol. Son solo veintidós jugadores corriendo detrás de una pelota y eso, de por sí, es tonto. Eso nos diría alguien snob. Yo no pretendo eso; lo que pretendo es que podamos ver un poco más allá.

Sí, lo sé: juega la Tri, ¿para qué vamos a hablar de política?

Porque es necesario. Porque vivimos en un mundo donde el sentirnos alegres no puede ensombrecer la tristeza; en un mundo donde, si nos descuidamos, podemos ser manipulables. El fútbol es político porque el deporte es político. Porque, al final del día, político es absolutamente todo.

Identidad y calle

Primero, el fútbol cumple un rol crucial: crea identidades y categorías. Nos permite ser parte de un grupo y diferenciarnos del «otro». Nos ubica en el mapa para saber quiénes somos y, a veces, incluso para identificar quién es nuestro enemigo en la cancha.

Segundo, el fútbol es popular. Y no me refiero a lo popular en el sentido de un influencer, sino en el sentido de la calle, de la base. Es un deporte que se juega en la esquina de tu barrio, en el parque de tu ciudad y hasta en las metrópolis del «primer mundo». Otra cosa es que el fútbol haya sido elitizado.

En Ecuador tenemos ejemplos puntuales de cómo el poder se viste de corto: León Febres-Cordero impulsó la construcción del estadio de Barcelona; Abdalá Bucaram llegó a ser presidente del mismo club. Y si miramos más acá, el expresidente Correa y los mandatarios de turno siempre relucen con orgullo su afinidad por Emelec. El palco presidencial y la cancha siempre han cruzado miradas.

La agenda y el balón

Tercero, el fútbol es una herramienta de poder. Más allá de los entramados de corrupción de la FIFA —que se los dejo a los expertos—, el timing social es sacudido por un partido. Es decir, a veces lo que es verdaderamente importante (o doloroso) queda en la sombra porque la agenda la marca un balón.

Mientras juega la Tri, posiblemente olvidemos por noventa minutos que una estudiante desaparecida esta semana ha muerto en extrañas circunstancias, que una activista de derechos humanos ha fallecido, o que seguimos siendo un país violento. Olvidamos que la gasolina sube, pero nos consuela que bajaron la cerveza. Incluso en la campaña para las elecciones seccionales, la pelea de los candidatos ahorita es ver quién tiene la pantalla más grande para transmitir el partido, y no necesariamente quién tiene la mejor propuesta.

Conclusión

A pesar de todo, el fútbol nos da las alegrías que a veces el día a día nos niega. Nos hace sentir que podemos ser los campeones del mundo en algo positivo. Qué lindo es sentir eso, en lugar de recordar que estamos en las listas de los países más violentos.

El fútbol permite que los estratos sociales se dispersen, que la unión sea bandera —al menos un ratito—, que abracemos al desconocido y que nos emocionemos por el país. Nos hace volver a tener fe en que podemos ser mejores. Si hace veinticuatro años el sueño era apenas clasificar a un Mundial, hoy ¿por qué no pensar en estar en la élite mundial?

Al final, el fútbol nos enseña lo que deberíamos hacer y exigir en la política: unión. Por eso, y por mucho más, el fútbol es político.

Pablo Ruiz Aguirre

pabloruizaguirre@gmail.com

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