El Ecuador de hoy, -sí, el nuevo Ecuador-, bien puede subsumirse a la idea central que Hobbes expone en su “Leviatán”: Noboa es ese monstruo gobernante con poder descomunal, mientras sus súbditos aceptan el Estado autoritario que se les impone. Claro que, si miramos con detenimiento, no deja de ser una paradoja dado el tamaño de Noboa, sumado a sus considerables insuficiencias intelectuales y pragmáticas.
Desde que asumió el poder, esta nación no ha bailado, sino, al ritmo de las cantaletas y antojos del Leviatán que nos gobierna, con la complacencia de la élite económica, de los que sin ser élite se han dejado convencer por ella, y con la anuencia de la mafia mediática que le lame cual perro forastero con cara de proxeneta.
Y así, por ejemplo, lo que empezó como un distractor para que nos olvidemos de la eliminación del subsidio al diésel, se va configurando con inédita celeridad: la convocatoria a una nueva Asamblea Constituyente que busca la promulgación de una Constitución hecha a la medida de un presidente, ¡y qué presidente!
Claro, algunos sostienen que la palabra final la tiene el pueblo ecuatoriano porque debe votarla. Pero este es el mayor peligro en un país que, movido por las bajas pasiones humanas, corroe cada vez su democracia, recibe cianuro con embudo y aplaude, emocionado, los discursos incendiarios de quien la mayoría votó.
¿Creen ustedes que la gran parte de los ciudadanos se darán el trabajo de leer y analizar sesudamente el contenido de esa carta magna? Claro que no. Mucho peor, con honrosas excepciones, de elegir representantes de calidad a la Constituyente. Solo cuando ya esté vigente la nueva norma suprema y viva en carne propia la desgracia que significará, entonces vendrán las quejas y los lamentos. Pero será tarde.
Suena deslumbrante la idea de una nueva Asamblea Constituyente. Pero sucede lo de siempre: la gran mayoría solo mira la superficie, sin saber que en el fondo existen gravísimas implicancias jurídicas, sociales, económicas y políticas que consolidarán la dictadura noboísta y la decadencia de este República porfiada, ya paralítica.
José Luis Íñiguez G.
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