Todos los hombres tenemos la misma dignidad. Dios ha querido que los humanos constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Y para ello, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.
Igualmente, Dios creó la tierra, pero Él quiere compartir con la humanidad todo lo creado. Por ello ha destinado la tierra y cuánto ella contiene para uso del género humano. En consecuencia, los bienes creados deberían llegar a todos en forma justa, puesto que hombres y mujeres tienen derecho a poseer una parte de bienes suficientes para sí mismos y para sus familias, sin distinción ni privilegios.
Pero frente al proyecto de Dios, un vistazo a nuestra situación en el Ecuador nos descubre una realidad del todo distinta. En nuestro país el 80 % de los habitantes son pobres y tienen que vivir con el 30 % de los ingresos del país; en cambio el 19 % son acomodados, y el 1% ricos, teniendo a su disposición el 70 % de las riquezas.
Esto nos habla de una situación de inhumana pobreza que se manifiesta en forma alarmante en varias zonas del país, en: mortalidad infantil, falta de vivienda adecuada, viejos problemas de salud, salarios insuficientes, desempleo y subempleo, gran desnutrición poblacional, intensas migraciones campesinas hacia las ciudades grandes; baja producción agrícola y encarecimiento de los productos de primera necesidad; y, descomposición familiar que trae consigo la discriminación de la mujer, etc.
Dios es Padre de todos nosotros; reconocerlo como tal sería el comportarnos como hermanos unos con otros. Por lo tanto, no podemos decir que conocemos a Dios, si no practicamos un mínimo de justicia para con los hermanos.
El ideal que Jesús anuncia no es una sociedad de opulencia, ni una sociedad de pobreza; es un Reino de justicia y de fraternidad, que se prepara e inicia en la tierra, pero que se realiza plenamente en el cielo.
Edgar A. Ojeda Noriega
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