Louis Althusser explicó cómo se reproduce la fuerza de trabajo a través de los aparatos del Estado: los represivos (policía, tribunales) y los ideológicos (familia, escuela). En Loja el adoctrinamiento siempre empezó en casa, y eso agrava la desigualdad educativa. Esa fragmentación decide de antemano qué rol le toca a cada quien en el orden social y productivo, algo que ya habían advertido Baudelot y Establet.
La imagen del «lojano ilustre», esa supuesta magnanimidad de nuestra educación construida sobre un pasado de grandes referentes, no es otra cosa que violencia simbólica impuesta por la burguesía. Bourdieu y Passeron lo explicaron en La reproducción (1971): una imposición cultural que reparte el capital simbólico de forma desigual y perpetúa brechas y relaciones de dominación.
Nos acostumbramos a tratar el currículo tradicional como algo intocable. Aceptamos sin cuestionar el mito del «lojano bueno, inteligente y trabajador», una especie de anestesia ideológica que tapa nuestras carencias en un contexto todavía subdesarrollado. El pasado no puede ser una hamaca donde nos acomodamos. Los próceres no se sacrificaron para que nos pavoneemos con su nombre; lo hicieron para que creciéramos.
Hay que preguntarse algo incómodo: ¿seguimos perpetuando una cultura sumisa o construimos un capital cultural propio, sólido, interiorizado? Ese cambio empieza en la escuela, donde el estudiante debería asimilar la cultura no como sometimiento sino como un desafío que lo emancipe, con la familia detrás respaldándolo.
Romper este cerco no va a pasar esperando sentados a que el Estado reparta beneficios. Necesita una masa crítica que surja por sí sola. Y exige convertir la educación en trinchera: el lugar donde se redefina la identidad local con autonomía, pensamiento propio y justicia social.
Paúl Cueva Luzuriaga
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