Los recientes resultados de las pruebas PISA 2025 no son un accidente estadístico o una métrica antojadiza; son la radiografía de una realidad decadente, continua y sistémica. Resulta inaceptable que 8 de cada 10 estudiantes estén por debajo del nivel básico en matemáticas (366 puntos), presenten una estrepitosa caída a 385 puntos en lectura y un estancamiento en ciencias, confirmando lo que muchos se negaron a ver o callaron. El sistema educativo ecuatoriano lleva décadas construyendo su propia decadencia.
El problema de los ecuatorianos es que sufren de pérdida de la memoria, recuerden las famosas pruebas INEVAL, que funcionaban como fachada política, vendiendo un espejismo de «revolución educativa» sobre paredes de cemento y estadísticas infladas, mientras la realidad era otra, con resultados de 680 – 720 puntos, todos felices por la suficiencia académica. Al carecer de rigor internacional se ocultó que los estudiantes ya presentaban carencias en pensamiento crítico, demostrado hoy al observar las deficiencias actuales.
Aunque la inversión en educación desde la dolarización ha mantenido promedios casi iguales (3.5 a 4.5%), el gasto corriente ha mutado, llegando a cubrir cerca del 85% del presupuesto educativo en pagos de sueldos y salarios, y, tan solo un 15% como máximo destinado a la transformación (actualización tecnológica, laboratorios, capacitación o mantenimiento de infraestructura escolar).
Culpar únicamente al Estado o a un gobierno es la salida fácil. El problema tiene décadas y la injerencia política ha sido nefasta. El banquete es compartido y la culpa es de toda la sociedad. Los padres de familia han renunciado a su rol formador, normalizando la desidia y justificando la ley del mínimo esfuerzo. En las aulas, gran parte del magisterio se ancló en la comodidad gremial, desprovista de meritocracia y actualización pedagógica; las universidades que titulan a los maestros arrastran vicios de mediocridad académica, perpetuando este círculo vicioso.
La institucionalidad colapsó al subordinar la política pública al cálculo electoral, y la sociedad civil guarda un silencio cómplice, anestesiada por el cortoplacismo. Todos somos corresponsables. Cuando la educación se degrada a un trámite burocrático y una simulación de aprendizaje, se hipoteca el futuro de la nación y de la sociedad.
Pablo Ortiz Muñoz
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