Adivina adivinadora: ¿Se parecen ‘El Niño’ y la campaña política?

La respuesta, para mi desconcierto, es incómodamente cierta: El Niño y la campaña política son, en esencia, parientes cercanos. No de sangre, sino de comportamiento.

Ambos se anuncian con anticipación, levantan alertas, alborotan el ambiente, llegan los aguaceros de promesas, se desbordan los discursos.  El Niño calienta el océano; la campaña, las injurias. Uno trae aguaceros; la otra, lluvia de ofertas y ambos generan la misma certeza incómoda de que: se los ve venir, pero nadie —ni el meteorólogo con sus satélites ni analista de datos con sus cifras, pueden impedirlo.

Uno y otra parten y reparten sus efectos con igual injusticia geográfica: mientras unas zonas se ahogan en aguaceros otras se secan hasta la última gota; unas inauguran dos veces las obras y otras no reciben atención hasta cuando aparece, un candidato que conoce todos los problemas, con apenas bajar del vehículo para pedir el voto y tomarse una foto. Niño y campaña hablan un idioma experto que aplaudimos sin entender del todo.

El Ecuador tiene suficientes emergencias como para cargarle otras más: a El Niño no podemos elegirlo; a quienes gobiernan, ¡Claro que sí! Por eso, antes de dejarnos arrastrar por la creciente de promesas, conviene revisar trayectorias, mecanismos, planes, cuentas y verdades, para decidir con memoria y exigir resultados.

La diferencia es que El Niño no promete nada: simplemente ocurre, con la honestidad cruel de la naturaleza. Con El Niño culpamos al El Niño; con la campaña, solo nosotros somos culpables o inocentes por creer, que esta vez lloverá distinto sin que nosotros hagamos nada.

Zoila Isabel Loyola Román

ziloyola@utpl.edu.ec

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