La patria de la excusa perfecta

En Ecuador hemos desarrollado una habilidad admirable: encontrar una explicación para todo y una responsabilidad para nadie.

Faltan medicinas, pero “hay que tener paciencia”. Ambulancias dejan de funcionar porque les retiran repuestos prestados, pero seguramente será un problema administrativo. Se eliminan jueces especializados en corrupción y crimen organizado, pero nos explican que es por eficiencia. Se excluyen candidatos, se suspenden movimientos políticos, cambian jueces, aparecen procesos y medidas cautelares en plena campaña… y siempre habrá alguien dispuesto a decir que todo es perfectamente normal.

Además, barcos ecuatorianos son interceptados y destruidos por fuerzas extranjeras, aeronaves militares estadounidenses operan en nuestro territorio y la cooperación con Washington se profundiza mientras hace poco el pueblo dijo no a las bases militares extranjeras. Pero cuidado con preguntar demasiado: enseguida alguien dirá que cuestionar eso es estar del lado de los delincuentes.

Esa lógica me preocupa más que cualquier gobierno.

Porque ya no discutimos hechos. Discutimos camisetas. Si criticas al poder actual, aparece Correa. Si defiendes derechos humanos, eres “zurdo”. Si preguntas por el debido proceso, seguramente proteges criminales. Y si recuerdas que la soberanía también está escrita en la Constitución, quizá seas enemigo del progreso.

Mientras tanto, el país sigue.

Con hospitales desabastecidos, educación que retrocede, familias desplazadas por la violencia, seguridad social buscando liquidez y una ciudadanía cansada que protesta en privado, pero se resigna en público.

Y los medios tampoco ayudan cuando convierten la información en espectáculo, seleccionan indignaciones o repiten versiones oficiales sin la distancia crítica que exige su oficio o también, periodistas que tienen que dar pasos al costado por criticar las versiones oficiales.

La verdad es que una democracia no se pierde únicamente cuando se cierra la Asamblea o se prohíbe votar. También se desgasta cuando dejamos de hacernos o formulamos preguntas incómodas.

Lo más sorprendente no es lo que está pasando.

Es cuánto estamos dispuestos a normalizar antes de decir: esto ya no está bien.

Álex Daniel Mora Arciniegas

alexmorarciniegas@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *