El proceso

El siglo XVIII fue el siglo de la libertad. En esa centuria maravillosa, como nunca antes en la historia humana, floreció el pensamiento libre y surgieron la mayoría de las ideas que fundamentan la democracia moderna. En la puerta de entrada de la nueva época Rousseau señaló que el ser humano es esencialmente bueno y que su libertad, debidamente encaminada, podría llevar a la felicidad general. Pero una cosa son las plácidas afirmaciones filosóficas y otra la realidad. Llegado el siglo XXI nos encontramos con senderos estrechos que nos guían y nos limitan. Como en un cuento de Kafka, en las orillas de esos caminos se encuentran funcionarios que impiden que salgamos de los moldes, de las huellas que se encuentran establecidas. La conducta burocrática resulta ser un símil de los métodos de las máquinas. Cada uno de los pasos de los procesos deben cumplirse con exactitud. El burócrata ignora el porqué de las imposiciones que realiza, sólo sabe que hay un instructivo que debe seguirse al pie de la letra y le resulta indiferente si el resultado es fructífero o dañino. Los guardianes de los procesos ignoran las infinitas variaciones de la realidad. Viven en un mundo que suponen es previsible y lineal y que tiene como objetivo último el sueldo de fin de mes o la fiesta del fin de semana. Pero para la gente de a pie el mundo real es muy diferente. Cada día aguarda una lucha nueva sin la grata perspectiva de un sueldo fijo en el horizonte. A la vuelta de cualquier esquina aparece un impuesto o un apagón. Por eso los procesos burocráticos pierden significado y se transforman en obstáculos rutinarios que son la prueba indiscutible de una sociedad desigual e injusta. En el fondo, la riqueza y las influencias siguen asignando bien pagados puestos a los custodios de la inequidad.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *