Estoy convencido del poder balsámico de una buena plática. Conversar sana, ayuda a canalizar emociones y pensamientos que no merecen estar recluidos en nuestro interior. Una buena conversación es un puente entre mi yo y el yo del otro, aunque en la época actual la tecnología ha reemplazado este espacio tan necesario, a sabiendas de que nos podemos comunicar por redes sociales o mediante una llamada. Pero nada hay como una buena conversación, un encuentro. Es irremplazable y para mí imprescindible, categórico. Confieso que me agobia escribir horas y horas, o atender una llamada demasiado prolongada. Prefiero no hacerlo, salvo cuando sea muy necesario; por ejemplo, con una persona que resida fuera del país. Pero si es con alguien al que puedo citar presencialmente, prefiero que así sea. Podría charlar horas de horas y no me cansaría, salvo que sean temas triviales.
Y cuando hablo de una buena conversación, me refiero a una conversación profunda, lo cual también puede ser algo subjetivo. No hago alegoría de una tertulia de doctos o eruditos, pero sí con altas dosis de humanidad e interés, y quizá algunas de cultura general. Por ello es que siempre que puedo o un amigo o amiga me convoca, acudo con una especie de fascinación no solo porque tendré el gusto de ver a esa persona, sino porque sé que puedo hilvanar ideas e intercambiar criterios sobre tantas cosas… Por eso también procuro visitar a los familiares que estimo en alto grado. De hecho, es una costumbre muy lojana esto de visitarse, especialmente, por las tardes, y charlar introductoriamente hasta que la taza de café ha sido servida y los invitados han sido convocados a la mesa. Se degusta del café y el buen pan, pero sobre todo se conversa, se bromea, se aliviana la carga diaria. Esto tiene un poder curativo y un impacto emocional muy fuerte. A mí me pasa. ¿La clave? Disfrutarla, dejar de lado el teléfono celular y aprovechar el diálogo auténticamente humano, ese que jamás será equiparable con un mensaje de texto o una llamada. Cuestiones de afectos, también, ¡pero cuán terapéutico es una plática, un encuentro!
José Luis Íñiguez G.
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