El país de los hombros encogidos

Hay algo más inquietante que un mal gobierno: una sociedad que empieza a acostumbrarse a que casi todo le parezca normal.

En Ecuador pasan cosas que hace unos años habrían provocado escándalo. Hoy duran lo que tarda en aparecer el siguiente video. Cambian las reglas electorales, se cuestiona la independencia de instituciones, aparecen contratos que merecen explicaciones, investigaciones que avanzan a velocidades curiosamente distintas y una violencia que convierte barrios enteros en territorios del miedo. Pero tranquilos: seguramente todo está bajo control.

La economía mejora, dicen. Y quizá algunos indicadores efectivamente lo hagan. Lástima que las cifras todavía no hayan aprendido a comprar medicinas para quien no las encuentra, pagar una extorsión, conseguir empleo digno o acompañar a una madre que teme que su hijo no vuelva a casa.

Además, hemos desarrollado una habilidad extraordinaria: indignarnos según el apellido.

Si investigan al adversario, funciona la justicia. Si preguntan por alguien cercano al poder, es conspiración. Si el abuso lo cometieron “los otros”, exigimos memoria; si ocurre ahora, desempolvamos algún escándalo de hace diez años para cambiar de conversación.

Y los medios, salvo honrosas excepciones, tampoco ayudan. Algunos parecen haber olvidado que el periodismo incomoda al poder, no le acomoda la almohada. Se amplifican unas historias, otras apenas respiran y ciertas preguntas desaparecen misteriosamente del libreto.

Pero sería demasiado cómodo culpar solamente a políticos, jueces o periodistas.

También estamos nosotros.

Divididos. Molestos. Cansados. Discutiendo ferozmente en redes y sorprendentemente silenciosos frente a lo esencial.

La democracia no muere únicamente cuando alguien la rompe. También se desgasta cuando dejamos de exigir verdad, justicia y decencia porque quien gobierna pertenece al bando que preferimos.

Qué curioso país estamos construyendo: desconfiamos de casi todo, nos quejamos de casi todos… y después encogemos los hombros.

Quizá el verdadero peligro empiece precisamente ahí.

Álex Daniel Mora Arciniegas

alexmorarciniegas@gmail.com

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