¿Hasta qué punto la humanización —que constituye la verdadera vocación del individuo— y la opresión —que la distorsiona— han determinado nuestro contexto social y político? El planteamiento de Paulo Freire (1967 y 1968) es categórico: el ser humano busca, por naturaleza, la realización plena. Sin embargo, cabe preguntarse en qué medida esa búsqueda de trascendencia, dentro del ejercicio ciudadano y la política democrática, ha derivado en una deshumanización fruto de la propia opresión.
En este proceso, opresor y oprimido resultan lacerados por igual. El oprimido pierde su humanidad al someterse a la violencia estructural, mientras que el opresor la degrada por el mismo acto de oprimir.
Por ello, la tarea primordial de los oprimidos, es decir, de nuestra sociedad lojana, consiste en liberarnos de aquellos que han obstaculizado la constante demanda de progreso de nuestra historia y, al mismo tiempo, liberarlos a ellos con un firme: «Gracias, pero su tiempo ha concluido». Esto no solo aplica a los políticos de vieja cepa, sino también a quienes han ostentado el poder por un tiempo considerable e incluso a los nuevos actores que nacen torcidos desde la raíz.
De no actuar, estaríamos admitiendo que, como oprimidos, le tememos a la libertad al cargar la sombra del opresor como si fuera la única, la mejor e incomparable opción, adoptando sus antivalores como propios.
El camino de la liberación probablemente no vendrá de la oferta política actual; la mayoría de los proponentes no busca una emancipación colectiva, sino ocupar el lugar del dominador con mayor agresividad. Aplica aquí el ejemplo de Freire del campesino ascendido a capataz que suele ser más inclemente con sus antiguos compañeros que el propio patrón, pues el único modelo conocido de «ser hombre» ha sido el del opresor. En nuestro caso, ese modelo ha sido moldeado por administraciones que han gravitado en el poder por más de cuatro décadas.
¿Cómo alcanzar la solución? La transformación no surge como un regalo; es un proceso de evolución pausado, exigente y ético, que con la dialogicidad — unión entre la acción y la reflexión— y el tiempo permitirá consolidar propuestas legítimas y pertinentes para nuestra sociedad.
Paúl Cueva Luzuriaga
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