¿Drones al servicio de la humanidad o un riesgo para la misma?

Hoy en día, causa curiosidad observar un dron desde el suelo. Parece una pequeña máquina suspendida en el aire, pero detrás de sus hélices existe tecnología que está cambiando la agricultura, el transporte, las entregas, los rescates y también la guerra.

En el campo, un dron puede convertirse en una herramienta extraordinaria, permite observar cultivos desde el aire, detectar problemas, analizar terrenos y aplicar productos con precisión. En otros lugares empieza a utilizarse para transportar mercancías, vigilar zonas de difícil acceso, brindar espectáculo aéreo de precisión, o llegar rápidamente donde una persona podría ponerse en riesgo. Una máquina relativamente pequeña puede ahorrar tiempo, reducir costos y, en determinadas circunstancias, incluso salvar vidas.

El dron puede transportar medicina, llevar alimentos, ayudar a un agricultor o salvar una vida, pero también puede participar en una guerra. El mismo principio tecnológico que permite llevar un paquete hasta una comunidad alejada también puede utilizarse para transportar explosivos. La cámara que ayuda a encontrar a una persona desaparecida puede servir para localizar un objetivo militar. El dispositivo que observa un cultivo desde el cielo puede convertirse, en un conflicto armado, en una herramienta de vigilancia y ataque.

La guerra también ha aprendido a utilizar los drones, y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿una tecnología puede ser buena o mala, o todo depende de las decisiones humanas que existen detrás de ella? La respuesta no es sencilla, la tecnología no llega sola, está acompañada de intereses económicos, decisiones políticas y necesidades humanas. Pero los drones han añadido algo particularmente delicado: permiten observar y actuar a distancia.

Cuando llevamos este principio a un enfoque de comunicación, se puede decir que se ha agregado la pantalla y el control de la misma a las personas, un agricultor puede controlar un cultivo, un rescatista puede localizar a una persona sin entrar inmediatamente en una zona peligrosa, pero también un operador militar puede identificar un objetivo sin encontrarse físicamente en el campo de batalla.

La pantalla se convierte en una ventana hacia el mundo, y quizá ese sea uno de los dilemas de nuestra época: cuando podemos actuar sobre algo sin estar físicamente presentes, también corremos el riesgo de sentirnos menos responsables de sus consecuencias, perdiendo sensibilidad como persona.

La máquina es la misma, lo que cambia es la decisión humana que hay detrás, por eso, quizá el verdadero debate sobre los drones no debería comenzar preguntando hasta dónde pueden llegar, sino algo mucho más importante: hasta dónde estamos dispuestos a llegar con ellos.

Alex Jaramillo Campoverde

alex.r.jaramillo@unl.edu.ec

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