Cuando no entendemos la política, alguien más decide por nosotros

Hace semanas, en clase de Ética con mis estudiantes, aparecía la inquietud: “Profe, la gente vota, pero no entiende lo que vota”. Y duele admitirlo, pero la verdad, no es una exageración. En Ecuador, como en parte de América Latina, la democracia convive con una ciudadanía cansada, desconfiada y desinformada. No por falta de inteligencia, sino por un sistema que hace poco por formar conciencia cívica real.

La política se volvió ajena. Lejana. Casi hostil. Y es que durante años se redujo la educación cívica a un trámite escolar, mientras la desigualdad, la corrupción y la impunidad iban minando la confianza. Así, no sorprende que muchas personas digan “todos son iguales” o prefieran no opinar. Callar parece más seguro que pensar en voz alta.

Aquí hay un problema ético de fondo. Una democracia necesita ciudadanos informados, no solo votantes. Cuando no entendemos cómo funciona el poder, cuando el lenguaje político es enredado y excluyente, cuando las redes sociales gritan más fuerte que los datos, es más fácil la manipulación. Y la historia latinoamericana ya nos mostró adónde conduce eso.

Aquí lo vemos a diario. Consultas complejas explicadas a medias. Debates reducidos a consignas. Miedo a opinar porque “me van a etiquetar”. Y, mientras tanto, decisiones afectan derechos, territorios y vidas se toman sin deliberación real. La democracia sigue en pie, sí, pero más frágil.

La ética pública no es un lujo académico. Es una urgencia social. Hablar de justicia social, de dignidad, de derechos humanos, implica asumir que el Estado eduque políticamente y que la ciudadanía exija comprensión, no solo promesas. La política no puede ser solo para expertos ni para los que gritan más fuerte.

Si no reconstruimos una ciudadanía crítica, consciente y solidaria, nuestro futuro democrático será apenas un ritual vacío. Y al final, cuando renunciamos a entender la política, alguien más, con otros intereses, la decide por nosotros. Y eso, en una democracia que se precie de humana, debería inquietarnos a todos.

Álex Daniel Mora Arciniegas

alexmorarciniegas@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *