Hay momentos en los que la política internacional se vuelve un espejo incómodo. No porque refleje solo lo que ocurre fuera, sino porque devuelve, amplificada, la imagen de lo que no queremos mirar dentro.
Ecuador ha decidido respaldar la actuación de Estados Unidos frente a Venezuela, invocando la defensa de la democracia. El gesto, más allá de simpatías ideológicas, plantea una pregunta básica: ¿es coherente defender la democracia vulnerando el derecho internacional? La respuesta jurídica es clara: no. Ninguna causa, por legítima que se proclame, autoriza el uso unilateral de la fuerza, el secuestro de autoridades o la administración forzada de un país. El derecho no funciona por afinidades, sino por principios.
Eso no significa que debamos justificar al régimen venezolano. La ruptura del orden constitucional, el vaciamiento institucional y la persecución política son hechos ampliamente documentados. Pero una tiranía no se corrige con otra forma de ilegalidad. La democracia no nace del bombardeo ni de los pactos, sino del derecho y de la voluntad de los pueblos.
El problema es que, mientras miramos hacia Caracas, dejamos de mirar a Quito. Nuestro país atraviesa una de las crisis más graves de su historia reciente: violencia estructural, expansión del narcotráfico, instituciones penetradas por el crimen organizado y denuncias persistentes de corrupción que no se disipan con discursos de seguridad ni con alineamientos externos. La política exterior se vuelve entonces una escena conveniente: eleva el tono moral, ordena el relato y desplaza la conversación incómoda. Cuando el debate público se concentra en la “defensa de la democracia” fuera de casa, se diluye la exigencia de coherencia dentro de ella. Y eso es peligroso.
Un país que reclama legalidad debe practicarla sin excepciones. Defender los derechos humanos implica rechazar tanto la opresión interna como la dominación externa. Lo contrario no es realismo político; es oportunismo. Y la justicia social empieza por no usar el dolor ajeno como cortina de humo para esconder nuestras propias deudas con la democracia.
Álex Daniel Mora Arciniegas
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