Nos enseñaron a encajar, desde pequeños nos dicen cómo sentarnos, cómo hablar, cómo aprender, cómo comportarnos…todo en función de un “molde” socialmente aceptado. Un molde estrecho, rígido, que no considera las múltiples formas de ser, sentir y aprender que existen, y cuando un niño no encaja, el sistema le pone una etiqueta.
Autismo, TDAH, retraso madurativo, trastorno oposicionista, inatención…etiquetas que cargan más juicio que comprensión, más exclusión que apoyo. Se pretende «normalizar» lo que simplemente es distinto. Se espera que el niño cambie, se adapte, que funcione bajo las normas de un sistema educativo diseñado para la homogeneidad, no para la diversidad.
Pero… ¿y si el sistema cambiara? ¿Y si las aulas abrazaran la diferencia en lugar de señalarla? ¿Y si dejáramos de diagnosticar conductas y empezáramos a escuchar historias?
Muchos niños no tienen un «trastorno», tienen una manera distinta de procesar el mundo, y si no se ajustan al ritmo o al método convencional, eso no significa que tengan un problema. Una sociedad inclusiva no pide que los niños quepan en un espacio, una sociedad compasiva expande los márgenes para que todos tengan lugar.
Detrás de cada etiqueta hay una persona, con miedos, talentos, luchas, potencial, estos niños no necesitan que los adaptemos a la fuerza a una estructura que no los ve, sino que los comprendamos, que aprendamos su idioma, que escuchemos su ritmo, que los acompañemos desde el amor, sin pretender que se conviertan en otro, lo que muchas veces duele no es el diagnóstico, sino la forma en que el entorno reacciona a él.
La neurodiversidad no es un problema. El problema es la falta de comprensión, de flexibilidad, de humanidad en los espacios donde los niños deberían sentirse seguros para crecer. Cambiar este paradigma empieza por nosotros: por mirar distinto, por cuestionar lo establecido, por poner el corazón antes que el juicio.
Patricia Carrión Pilco
patbethc@hotmail.com