Quienes estuvimos vinculados a la academia fuimos inoculados con la teoría de la Triple Hélice: la idea de que el desarrollo surge de la interacción armónica entre universidad, empresa y el Estado. Durante años, este modelo se presentó como una verdad incuestionable. Sin embargo, la experiencia revela grietas profundas en ese discurso.
Hoy identifico dos problemas centrales. El primero es de poder: la academia suele utilizar este esquema para conservar el monopolio del conocimiento y mantener su estatus social. El segundo es económico: la universidad se ha transformado en una estructura burocrática que prioriza justificar su existencia y reproducir sus propios beneficios antes que generar impacto real.
La realidad es contundente. Si este modelo funcionara y las aulas produjeran conocimiento transformador, la situación productiva de América Latina sería distinta. En cambio, los resultados son limitados y desiguales. Este proceso ha derivado en una silenciosa mercantilización: docentes y administradores parecen más preocupados por preservar salarios, cargos y estabilidad institucional que por formar ciudadanos críticos y productivos.
A esto se suma una realidad incómoda: los títulos universitarios, incluso los de posgrado, han sufrido una devaluación drástica. Se han convertido en credenciales de un sistema que ya no garantiza bienestar ni conocimiento. Es imperativo recuperar una educación orientada a la vida, a la producción y a la autonomía. Debemos formar individuos capaces de emprender y generar valor por sí mismos, en lugar de profesionales dependientes de un Estado elefantiásico que, a menudo, termina asfixiando con regulaciones a quien intenta surgir. Es hora de cuestionar si la universidad actual es un motor de progreso o un ancla del pasado.
Víctor Antonio Peláez
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