La democracia empieza a morir por sus propios mecanismos: elegimos democráticamente a quien detesta la democracia y busca acabar con ella. La cualidad plural de la democracia ha dado lugar a discursos y liderazgos que niegan la pluralidad y la combaten: buscan restringir el espacio público y político. Actuarán ahí quienes ellos decidan. En nombre de la tolerancia a la diferencia, hemos abierto las puertas a los intolerantes con el Estado de derecho y con la justicia. Es cierto: no vinieron de cuerpo entero; fueron filtrándose, generando las condiciones de posibilidad para ser considerados comunes y buenos.
Lo que antes importaba hoy ha perdido toda relevancia. Burlan la ley o la cambian a su arbitrio mediante leguleyadas discretas o grotescas, es decir, por el orden cuasi normal o por la fuerza. En nombre de la democracia eliminan adversarios, crean escenarios de guerra, fabrican enemigos y los combaten con la fuerza de un militarismo desbocado y puesto a merced del poder de turno.
Hoy tenemos autoritarismos que fingen ser democráticos, impulsados, todavía peor, por pulsiones fascistoides que remiten a las páginas más oscuras de nuestro pasado reciente. Y no: no es un problema exclusivo del subdesarrollo ni de las democracias débiles; sucede en todo el mundo: tanto en los países desarrollados como en aquellos que están en camino al desarrollo.
Por eso es necesario abandonar la ingenuidad de dar por sentada la democracia que se nos promete. No podemos permitir, de nuevo, que los enemigos de la pluralidad y la democracia entren por los caminos institucionales. O cerramos su paso o seguiremos sufriendo el peso de su violenta normalidad.
Pablo Vivanco Ordóñez
pablojvivanco@gmail.com