Ecuador atraviesa uno de los capítulos más vergonzosos de su historia republicana. Lo que antes conocíamos como «clase política» ha mutado en una casta de mercenarios del voto, donde la ideología es un estorbo y el espectáculo es la norma. En este lodazal, la política ha dejado de ser el arte de servir para convertirse en el negocio de sobrevivir, a costa de un pueblo que, lamentablemente, parece haber perdido la capacidad de discernir entre un estadista y un charlatán.
El análisis de los últimos 26 años es desolador. Desde la herida abierta del feriado bancario hasta la actual crisis de inseguridad, el denominador común ha sido la fragmentación y el canibalismo partidista. Según datos del CNE, para las próximas elecciones se habilitaron 78 organizaciones políticas; una cifra absurda que no refleja pluralismo, sino un descarado mercado de «alquiler de siglas». Esta pulverización del voto permite que candidatos sin formación alguna ganen espacios mediante gritos, TikToks vacíos y promesas que insultan la inteligencia.
La coherencia ha muerto. Hemos presenciado alianzas contra natura entre la extrema derecha y el populismo de izquierda que harían palidecer a cualquier teórico. El Índice de Percepción de la Corrupción 2024 sitúa a Ecuador con apenas 32/100 puntos, confirmando que la institucionalidad fue devorada por intereses particulares. Asimismo, el Latinobarómetro revela que la confianza en los partidos apenas ronda el 10%. Pero la culpa es compartida; un sector del electorado, movido por el odio social y la inmediatez, sigue validando con su voto a quienes los desprecian desde el poder. La falta de formación ciudadana ha convertido las urnas en una ruleta rusa.
El resultado es un país estancado en una polarización estéril. La fe en las instituciones se ha extinguido, y con justa razón. Si no exigimos un nivel intelectual mínimo a quienes pretenden gobernarnos, y si no dejamos de premiar la «estupidez grotesca» sobre la capacidad técnica, Ecuador seguirá siendo rehén de una banda de delincuentes. Es hora de que el pueblo despierte de su letargo o acepte, con resignación, su complicidad en este naufragio.
Pablo Ortiz Muñoz
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