Cinco letras solamente son necesarias para escribir el nombre de aquel ser sublime e inconmensurable, que se parece tanto a Dios que al evocarlo terminamos haciendo silencio casi de rodillas ante la cruz que lleva una Madre, porque las virtudes del Cielo bajaron para depositarse en su corazón.
Aunque todos los días, meses y años debe exaltarse a la madre, sin embargo, es mayo el que con especial devoción se lo dedica para destacar y reconocer su actuación anónima, su lucha por dejarnos una herencia, un legado, la manera de amar y de celebrar la vida, para morir lo más tarde posible. Son varios los homenajes ofrecidos con justa razón, pero no ha todas, tampoco a las que la sociedad las tiene como anónimas.
La madre pobre y humilde “que no tiene ni un carbón para escribir en las paredes, porque ni paredes tiene”. Aquella madre que, en la intemperie, en el campo, aprende a sostener el mundo con sus manos. Aquella que convierte la necesidad en ternura, en imaginación, en esperanza de encontrar como resolver la vida, mirando siempre al cielo. Aquella que para lograr la felicidad de los suyos busca un pedacito de noche para dormir, pero quiere levantarse ya, para continuar con dignidad y sacrificio su misión de apostolado.
También nuestro tributo de admiración, lo es para quienes superando la desigualdad de género han llegado a ocupar espacios de reivindicación en sentido horizontal con el hombre, porque siendo madres quieren una morada en la que vivan sus hijos con libertad, justicia, trabajo y dignidad.
Es muy honroso dedicar estas líneas de homenaje a quien marcó nuestra vida, de sueños, alegría y esperanzas. Mensaje que lo comparten quienes buscan a su madre en el recuerdo porque ya no está aquí ayudándonos a vivir viviendo y no solo existiendo. Los labios son inútiles si el corazón, como único dictador, no brama de felicidad al pronunciar con sencillez sagrada las cinco letras que son necesarias para decir Madre.
Adolfo Coronel Illescas