Un desequilibrio histórico

Loja ha crecido y se ha destacado, casi sin discusión, en numerosos ámbitos del quehacer humano: la cultura y las artes, con especial énfasis en la música; la literatura y el pensamiento; la ciencia y la investigación; la educación y la academia; el trabajo y el deporte; y, de manera singular, la hospitalidad lojana, entendida como la expresión profunda de humanismo. Allí donde la inteligencia, la sensibilidad y el esfuerzo individual encuentran cause, Loja florece, deja huella y una lección sembrada para siempre.

No obstante, ese mismo vigor no se ha trasladado al campo de la política. En este ámbito, el fracaso ha sido recurrente y dolorosamente visible.

Los problemas son múltiples y complejos; sin embargo, hay dos que sobresalen por su gravedad: la incapacidad colectiva- salvo contadas excepciones- para elegir con criterio a los representantes y la persistente desunión – a veces convertida en abierto encono- entre quienes hoy dirigen o buscan dirigir. Con frecuencia se elige no al más preparado ni al más ético, sino al menos aconsejable; y, al mismo tiempo, se desacredita con ligereza el trabajo ajeno, echándole la culpa a los demás de sus deficiencias y alimentando un clima de resentimiento donde la violencia verbal y moral termina impidiéndose.

Desde una mirada filosófica, este fenómeno revela una contradicción profunda: una sociedad capaz de crear cultura, pensamiento y arte, pero incapaz de transformar esas virtudes en acción política. Siguiendo a   Aristóteles, la política es una expresión elevada de la ética pública; cuando se degrada, no solo se empobrece el poder, sino también la vida común.

En medio de esta penosa realidad, sin excusas, se vuelve impostergable la formación de nuevos políticos con una mentalidad distinta; mujeres y hombres capaces para dialogar, de conciliar y de anteponer el bien común a las pasiones personales. No se trata solo de cambiar nombres, sino de transformar actitudes, de comprender que gobernar es servir y que la política, cuando es auténtica, debe ser un ejercicio de justicia, equidad y responsabilidad histórica.

Al observador superficial le parecerá una locura, pero ese es el único camino para salir de esta maraña que ha crecido, durante toda una vida, lejos de la razón.

Jaime A. Guzmán R.

jaimeantonio07@hotmail.es

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