Suicidio

En este país fracturado, cada nueve horas se produce un suicidio, según varios reportes. De tal forma que nadie es ajeno a una realidad que nos ha privado de amigos, familiares o personas conocidas que decidieron poner fin a lo más valioso que tiene el ser humano, que es la vida y la libertad para vivirla a plenitud. Y entonces las preguntas surgen en quienes, absortos, quedamos en el espacio terrenal. ¿Qué pudimos haber hecho? ¿Cómo fue posible que no detectáramos algún indicio que nos llevara a evitarlo? ¿Qué estamos haciendo como sociedad (léase padres, maestros, amigos, familia) frente a ello? ¿Somos indolentes, indiferentes, nos da lo mismo? ¿Dónde está el Estado y la política pública? Paradoja la del ser humano: no actuar antes ni durante, sino después, ya cuando la pérdida se ha consumado, y de la que no hay retorno.

Lo sé, son tantas y tantas preguntas. Podríamos seguir. Pero si acaso los que nunca hemos sentido necesidad de ponernos fin nos indagamos eso, con un sentido de culpa frente a lo que no hicimos, imagínense lo que un ser humano que tiene ideaciones y conductas suicidas, piensa y piensa y se pregunta, y se vuelve a preguntar. Autointerrogatorio siniestro, torbellino de monstruos que interrogan en su mente, que instauran un mundo noctámbulo de preguntas que no tienen eco, mucho peor respuestas. Mientras se aflige el alma, mientras el dolor cala hasta lo más hondo, mientras la esperanza de vivir se ve disminuida, y la vida misma empieza a sentirse denigrada.

Pero al parecer, para un gobierno indolente y una sociedad fútil como la nuestra, eso no basta. Porque impera la indiferencia, el desinterés, el hecho repulsivo de dejarlo pasar, de pensar que una persona atormentada en sus adentros podrá salir sola de esa caverna. Cuando la respuesta, caramba, debería ser el amor desbordado, la búsqueda de Dios –para quienes somos creyentes–, la orientación y acompañamiento, la escucha atenta, la comprensión, la empatía y la asistencia profesional. No la condena, el juzgamiento; no ese deseo ignominioso de ser verdugos, no con un ser humano, sino con la existencia misma…

La prevención es una tarea urgente; dejar la indiferencia y minimización, también.

José Luis Íñiguez G.

joseluisigloja@hotmail.com

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