La propiedad domina con su sombra enorme todo el panorama de la vida humana. Nuestros afanes y nuestros pensamientos giran alrededor de esta realidad ineludible. Queremos aumentar nuestras posesiones, queremos guardar en nuestros cofres tantos objetos como podamos, queremos llenar nuestras existencias con el néctar embriagante del dominio, con el título máximo al que puede aspirar cualquier ser humano del siglo XXI: el título de propietario. Locke ya advirtió hace varios siglos los ojillos codiciosos con los que contemplamos los bienes ajenos y señaló que la posesión de cosas materiales es uno de los motores que mueven a la humanidad. Rousseau abrió el camino de sus primeros éxitos dando un discurso sobre el origen de la propiedad. Engels, que era rico, planteó sus ideas sobre la relación entre el surgimiento del Estado y la posibilidad de adueñarse de objetos materiales. En años recientes el Papa Francisco puso en duda la idea de que la propiedad es un derecho absoluto y planteó su relación con la justicia social.
Los hombres de negocios y los adalides de la política no suelen detenerse a filosofar sobre este hecho de la vida. Se limitan a las consideraciones pragmáticas que implica. Y así, en general, reivindican el derecho de propiedad para sus intereses y lo rechazan cuando concierne a los intereses de los demás. Tal cosa sucede con los convenios recientes que ha firmado el Ecuador. En ellos se pone en lugar destacado la propiedad intelectual exigiéndose su respeto absoluto en tanto base de la innovación y el progreso. Pero, en contrapartida, las grandes compañías desarrolladoras de Inteligencia Artificial luchan con saña y con denuedo para evitar que se les cobren los millones que deben desembolsar por destripar la propiedad intelectual de toda la humanidad. Los magnates de Silicon Valley roban lo que los seres humanos hemos construido porque necesitan alimentar sus algoritmos. Solo un algoritmo henchido de experiencias humanas puede entrenar a otros para que den las respuestas que tantas mentes famélicas buscan. Necesitan nuestras ideas y las toman por la fuerza para venderlas en el mercado global. Nosotros debemos inclinarnos y sonreír, abrigados al calor de unos simpáticos pactos comerciales.
Carlos García Torres
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