En el actual escenario electoral ecuatoriano, la retórica del «pragmatismo» ha colonizado el debate público. Candidatos de diversas tendencias insisten en que los días de las ideologías han terminado, argumentando que el país solo requiere «gerencia técnica» y soluciones alejadas de la política tradicional. Sin embargo, esta promesa de eficiencia esconde una operación ideológica profunda: la denominada «post-política».
Al presentar los desafíos nacionales como problemas puramente técnicos, el discurso pragmático despoja a la ciudadanía de su capacidad de decidir, ocultando que toda decisión gubernamental-desde el presupuesto hasta la infraestructura-implica una elección política que beneficia a sectores específicos. Como explica el filósofo Slavoj Žižek, la ideología no es lo que pensamos, sino lo que hacemos; es una «fantasía» que organiza nuestra realidad social para que ignoremos las contradicciones sobre las que se sostiene.
Esta arquitectura de poder se nutre de nuestra naturalización de lo cotidiano: hemos aceptado que el valor humano se mida por la productividad, que la libertad sea solo elegir entre marcas de consumo y que las jerarquías laborales sean necesidades «neutrales». El resultado es un cinismo compartido donde, aun conociendo las fallas del sistema, actuamos como si no existieran alternativas.
La alternativa, lejos de buscar nuevos mesías, reside en identificar el «síntoma»: ese detalle incómodo o contradicción que el discurso oficial no logra esconder. La verdadera soberanía política comienza al cuestionar aquello que se nos vende como «técnicamente imposible». Romper este hechizo no es solo un ejercicio intelectual, sino el paso necesario para dejar de administrar una decadencia impuesta y comenzar a refundar las bases de nuestro destino colectivo. La política no es un trámite administrativo; es la lucha por definir, juntos, cómo queremos vivir.
Pablo Ruiz Aguirre
pabloruizaguirre@gmail.com