Es cierto: Loja se ha edificado sobre las letras y la música, o al menos eso nos han dicho. Reconozco en esa tradición una parte esencial de nuestra identidad; de alguna manera, la cultura forma parte de nuestro ADN colectivo.
Benjamín Carrión lo dijo con fuerza: si no podíamos ser una potencia política, económica ni militar, que fuéramos una gran potencia cultural. Pero esa frase surgió en el contexto de la década de 1940, marcado por la frustración nacional tras la guerra con el Perú. Como ocurre con cualquier pensamiento, merece ser releída a la luz del presente y desde una mirada más profunda sobre nuestra propia historia, no repetida como una consigna cerrada.
Loja no ha sido solo tierra de poetas. También ha sido tierra de quienes emprendieron, investigaron y enseñaron. La historia de la generación eléctrica en la ciudad es ejemplo de la capacidad creativa y técnica que rara vez incluimos en el relato de lo lojano, aunque debería ocupar el mismo lugar de orgullo que nuestros músicos y escritores. Esa tradición no pertenece únicamente al pasado. Hoy, numerosos emprendedores, artesanos, científicos, docentes y servidores públicos demuestran que la ciudad no se agota en las letras y la música: también produce, investiga, enseña, gestiona lo público, comercia e innova.
Reivindicar nuestra cultura no debería significar encerrarnos en ella. Loja es también conocimiento, ciencia, gestión pública, producción y capacidad de construir. Quizá el verdadero desafío de esta generación no sea elegir entre cultura y desarrollo, sino demostrar que podemos tener ambas cosas a la vez: que la música y las letras sigan siendo parte de lo que somos, sin convertirse en el límite de lo que creemos capaces de hacer.
Otras ciudades que también se enorgullecen de su historia cultural han sabido, al mismo tiempo, convertirse en polos de producción y conocimiento. No veo por qué Loja tendría que renunciar a una de las dos cosas.
Nuestro propio himno lo dice mejor que cualquier discurso: «que no cese el cantar sacrosanto del trabajo, que es vida y honor». La cultura nos pone nombre; el trabajo y la innovación nos ponen destino. A Loja no le sobra tiempo para elegir entre ser tierra de cultura o ciudad de desarrollo. Ya lo es. Falta que lo sepamos.
Víctor Antonio Peláez
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