El mundo, cada vez más caótico e indescifrable, sigue exigiendo que haya lecturas novedosas y profundas de la realidad en la que vivimos. Es un ejercicio no sólo complejo, sino incómodo, porque todos somos parte de dinámicas sociales que naturalizamos y normalizamos, sin necesidad de que sean buenas o útiles. Muchos, sin saberlo o sin quererlo, reproducen el racismo, el clasismo, o la xenofobia, por ejemplo. Las prácticas cotidianas son aprendidas, pero no pensadas. Así, muchas de las ideas que sostenemos a diario han sido también aprendidas, y no necesariamente transitando un proceso educativo o reflexivo, sino que la repetición de cierta palabrería nos ha dado la ilusión de saber sobre algo.
Las voces de muchos pensadores que leen al mundo e intentan decirnos algo sobre el entramado en el que estamos todos, no siempre tienen la atención necesaria, porque además de la crítica situación civilizatoria (política, económica, cultural, etc.) el caos nos llega de forma incesante por los celulares, la televisión y las redes. Además de la tensión generada por el mundo, sumamos la tensión de la virtualidad, a lo que el Bifo Berardi llama ‘procesos infonerviosos’. La gente está saturada en todos los sentidos. El mismo Berardi, cree que esa sobresaturación del mundo y la red, provoca que haya una desconexión de la sensibilidad y la razón, dándole paso así a la reproducción de la idiotez, que llega a tener representaciones políticas. La idiotez, dice el italiano, abona formas antes vetadas por la historia: el totalitarismo y el fascismo. Son estos nuestros tiempos. Sembrada la banalidad, el peligro es inminente.
Pablo Vivanco Ordóñez
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