
«Loja, ciudad ecológica» es el slogan de la urbe, denotando supuestamente que nuestra
comunidad se encamina de forma decidida a ser ambientalmente amigable y sustentable.
Al igual que en muchas otras urbes ecuatorianas, en los últimos años Loja ha tomado varias
iniciativas en esa línea «verde»: separación de ciertos residuos domiciliarios, contar con
algunas ciclovías compartidas, creación de un pequeño vivero municipal para reforestación,
planta de aguas residuales y charlas de educación sobre la importancia de las 3R (reducir,
reutilizar, reciclar).
Se trata sin dudas de medidas positivas. Sin embargo, para los más críticos eso está lejos de
significar una transformación profunda capaz de situar a la urbe en la senda de la
sustentabilidad de largo plazo y la justicia intergeneracional. Analicemos entonces dos visiones
contrastadas, que podríamos denominar la perspectiva “ambientalista reformista” versus el
“ecologismo transformador”, aplicadas a los desafíos que enfrenta nuestra querida ciudad de
Loja en varias dimensiones.
Pese a la separación inicial de algunos materiales como papel, cartón, botellas PET y metal,
como en el resto del país el destino final de más del 80% de nuestros residuos sólidos
domésticos sigue siendo un viejo botadero municipal a cielo abierto en pésimas condiciones,
del cual ya se han registrado episodios de deslizamientos, incendios, explosiones de gas y
sospechas de contaminación de suelos aledaños y quebradas circundantes.
Para la visión ambiental reformista ello se soluciona construyendo un nuevo relleno sanitario
controlado que cumpla normas con celdas impermeables, colección de lixiviados, quema de
metano, etc. También con una planta de valorización energética de la fracción orgánica
mediante biodigestores anaeróbicos. Así mitigamos impactos y aprovechamos parte de los
residuos como fertilizantes y/o electricidad.
Los ecologistas proponen cambios mucho más profundos, empezando por reducir
drásticamente (al menos 80%) el volumen de desechos mediante compostaje (proceso
biológico aerobio) descentralizado en cada barrio de la materia orgánica, fomentando la
reparación y reutilización creativa de todo tipo de objetos y su posterior reciclaje distribuido
en pequeñas plantas barriales que agreguen valor localmente con inclusión social. El objetivo
es residuo cero mediante subproductos upcycled (suprarreciclaje) en una economía circular
con actores sociales diversos.
Actualmente más del 60% de los viajes motorizados en Loja se realizan en vehículos privados
altamente contaminantes y congestionando cada vez más las estrechas vías. Tanto
ambientalistas como ecologistas proponen cambiar hacia medios no motorizados (caminata,
bicicleta) y transporte público colectivo eficiente, cómodo y accesible.
Pero mientras para los primeros ello se logra con pequeños incentivos (por ejemplo más
ciclovías) y desincentivos (algo más de parqueo tarifado), confiando que los ciudadanos
gradualmente optarán por modos más sostenibles; para los ecologistas se requiere un cambio
integral limitando drásticamente los automóviles privados en la ciudad, re-densificándola con
usos mixtos del suelo e invirtiendo fuerte en transporte público altamente subsidiado
financiado por un impuesto progresivo al parque automotor.
Loja avanza hacia una mejor cobertura en agua potable, pero mantiene deficiencias en el
tratamiento de aguas residuales. Ambientalistas proponen mejoras graduales en la capacidad
de depuración que alcance para los próximos 30 años según crecimiento demográfico
proyectado. Los ecologistas promueven cambios más profundos: aplicar principio de residuo
cero líquidos con separación de orinas (como biofertilizante sin tratar) y uso de humedales
artificiales, inodoros secos con compostaje, aprovechamiento de aguas grises en jardines sin
mezclar con negras, etc. reinsertando el ciclo hidrosocial urbano en el metabolismo de
cuencas sanas.
Ambas visiones proponen aumentar el uso de energía solar, eólica y de biomasa en el
municipio, pero mientras que los ambientalistas lo ven como parte de un mix eléctrico con
predominancia de fuentes fósiles a nivel nacional, bajo el modelo de grandes empresas
eléctricas; la alternativa agroecológica descentralizada que plantean los ecologistas implica
que cada ecobarrio debe avanzar hacia el autogobierno energetico soberano, saliendo de la
dependencia de la red nacional controlada por grupos de poder ajenos al territorio local.
Como observamos a lo largo de todos estos ejemplos en diferentes ámbitos, queda en
evidencia la dicotomía entre una visión tecnocrática que ajusta parámetros dentro del mismo
modelo urbanístico-metabólico para volverlo menos impactante (ambientalismo) versus un
cuestionamiento civilizatorio más radical que busca reinventar nuestras formas de
organización social y nuestras maneras de integrarnos a los ecosistemas sin sobrepasar
irreversiblemente sus límites planetarios (ecologismo).
Es un debate crucial, todavía incipiente en nuestra sociedad. Pero tenemos que darlo con
urgencia y profundidad. De ello dependerá realmente poder legar o no un territorio habitable
a las próximas generaciones lojanas. Todavía estamos a tiempo de cambiar hacia ese camino
ecointegrador, pero no indefinidamente. ¿Seremos capaces como comunidad de estar a la
altura del desafío? El primer paso es informarnos y tomar conciencia plena, para luego actuar
en consecuencia. ¡El futuro está en nuestras manos!
Franco Alberto Rodríguez Vega
francorodriguez1974@gmail.com