Históricamente las grandes familias ecuatorianas, las herederas de las magníficas fortunas y de los infalibles negocios, han encontrado gratos lazos de unión fraterna en la actividad política y en el ejercicio del poder. La epónima familia Flores, que inauguró la república, jugó hábilmente sus cartas y consiguió que varios de sus miembros ocuparan la primera magistratura o se mantuvieran en las órbitas más cercanas a las esferas de decisión. La familia Arosemena logró un trío de ases en la presidencia con el respaldo de sus negocios bancarios. La familia Plaza se regodeó en buenos tiempos presidenciales y extendió su influencia hasta la presente etapa democrática. Y como estos, algunos otros apellidos insisten en repetirse en las galerías de retratos que adornan las resecas paredes de Carondelet. El patriotismo, qué duda cabe, es hereditario. El afán de servir al pueblo debe encontrarse en algún gen escondido dado que se multiplica incesantemente. Y tal como sucede en la alta política nacional sucede también en el campo de los grandes contratos públicos. Se trata de una simetría perfecta y asombrosa. Por una sabia decisión de la naturaleza las mismas familias que tienen mucho capital acceden a los mayores negocios del Estado. La cuestión genética muestra aquí su fuerza porque todas estas familias que se sacrifican por el pueblo con abnegación centenaria tienen también centenarios lazos sanguíneos y de amistad. Comparten los mismos agradables fines de semana a la vera de una piscina de aguas azules o bajo el olor de la hierba de un verde prado privado, tan verde como los que se ven en las postales y en los calendarios antiguos. En tales convivios se deciden muchas de las cosas que nuestra Asamblea Nacional no alcanza siquiera a imaginar. Se habla libremente, con el afecto y la confianza del cálido entorno familiar, de la necesidad de rescatar algún contrato que se encuentra abandonado y perdido en manos de la gente incompetente que no pertenece a este círculo selecto. Se meditan las combinaciones necesarias para que ese contrato regrese a donde naturalmente pertenece y se barajan las posibilidades de ganancia. Al atardecer, solucionados los prosaicos problemas contractuales, en paz con la vida y con el mundo, se entregan, afectuosos y conmovidos, cálidos saludos de buenas noches.
Carlos García Torres
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