Para muchos, el sentido de la política ha perdido todo rumbo, y carece ya de todo fundamento. Los grandes problemas nacionales no se solucionan, las grandes crisis de siempre están al acecho, y los impolutos hombres y mujeres de bien siguen pregonando en los medios sus diáfanas verdades trucadas. La apatía es de vieja data.
La trampa consiste en que dejemos de mirar hacia la política misma; y hoy hay que resistir a esa tentación sencilla. No basta ya con repetir que somos seres políticos, que es cierto. Hay que dotarlo de contenido: hay que comprender que la política cotidiana se hace con el establecimiento de las formas en que vivimos, las maneras en que nos relacionamos, y, en definitiva, con los actos e ideas que conducen nuestra vida, y que nos generan una imagen del mundo.
Los seres humanos fuimos capaces de superar la condición animal de nuestra existencia, y fuimos capaces de construir lo que hoy llamamos sociedad, y seguimos siendo capaces de levantar ciertas prohibiciones, de otorgar ciertas licencias, de inventar nuevos valores, de crear nuevas vías materiales e ideales, en fin, de pensar como seguir viviendo. Esa cualidad transformadora y enteramente política del ser humano, va siendo progresivamente diluida por las nuevas tecnologías y por los nuevos políticos, que lejos de sostener ideales profundos de transformación permanente, se arrinconan en la defensa de lo establecido, de las causas, de los privilegios, de los árboles y no de los bosques.
La política se corrompe cuando se la descomplejiza, y cuando se le imponen fórmulas y fáciles respuestas.
Pablo Vivanco Ordoñez
pablojvivanco@gmail.com