Juan Esteban Guarderas, Consejero de Participación Ciudadana y Control Social, en una entrevista concedida a un medio de comunicación nacional, llegó a afirmar, sin sonrojarse si quiera, que ‘…desde mi punto de vista como académico que soy de la corrupción, no todas las infracciones electorales equivalen a corrupción, por ejemplo, precampaña para mí, lo siento, no es corrupción…’. Esta afirmación llama profundamente la atención, más aún cuando viene de una autoridad que pertenece a una de las entidades que forman parte de la Función de Transparencia y Control Social y que tiene entre sus deberes y atribuciones, precisamente, el fomentar los valores en la ciudadanía, la transparencia y la lucha contra la corrupción, conforme se describe en el Art. 208.1 de la Carta Fundamental.
Y quizá, el primer paso para combatir frontal y exitosamente a la corrupción, en todas sus formas, consiste, hemos de coincidir, en no tolerar laxitudes semánticas arropadas en forzados tecnicismos o eufemismos a la hora de definir lo que conlleva esa palabra. Y sin entrar en mayores profundidades, el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en una de sus acepciones, lo deja bastante claro: ‘deterioro de valores, usos o costumbres’.
De ahí que, verbigracia, la violación al Código de la Democracia, con aquello de realizar –por citar- la precampaña, no sólo que es una infracción que debe ser sancionada, al provocar distorsiones e inequidades en una competencia electoral, que debe caracterizarse por ser limpia y honesta (en palabras de Samuel Huntington), sino también representa un evidente quebranto en la escala de valores y buenas costumbres, por lo que este deplorable acto de ‘viveza criolla’ debe ser abiertamente repudiado.
Giovanni Carrión Cevallos
@giovannicarrion