Las recientes declaraciones del ministro de Inclusión sugiriendo que la juventud es renuente al trabajo, no solo son una generalización peligrosa, sino un diagnóstico profundamente errado que ignora la raíz del problema. La afirmación no es del todo falsa, pero está mal formulada. La verdad es más contundente: los jóvenes no queremos trabajar siendo explotados.
La historia laboral de América Latina está escrita con la sangre de quienes lucharon por derechos que hoy se pretenden vulnerar. Desde las primeras huelgas obreras a inicios del siglo XX hasta la lucha por la eliminación del trabajo infantil, cada conquista fue una batalla contra la explotación. Hoy, esa explotación se moderniza. Se llama tercerización, un eufemismo para precarizar el empleo, evadir responsabilidades patronales y reducir a los trabajadores a un costo variable sin derechos, lo cual se pretende establecer en la constitución vía consulta popular amañada que se llevará a cabo a finales de este año.
El ejemplo es palpable en las bananeras del Grupo Noboa, donde las denuncias por condiciones laborales infrahumanas, falta de protección y salarios injustos han sido una constante por décadas. Es el modelo del que huyen las nuevas generaciones: un sistema que ve al empleado como un recurso desechable. Los jóvenes no le huyen al esfuerzo; le huyen a la indignidad. Huimos de un sistema que nos ofrece, en pleno siglo XXI, las mismas prácticas de antaño disfrazadas de “flexibilidad laboral”.
Esta generación está mejor educada, es más crítica y está hiperconectada. Tiene acceso a ver cómo se trabaja en otras latitudes y exige, con toda justicia, respeto a sus derechos, un salario digno y condiciones equitativas. No es flojera; es consciencia de clase. Es la negativa a heredar un modelo de opresión laboral.
Como advirtió el gran Juan Montalvo “Ay de los pueblos cuya juventud no haga temblar a los tiranos. Un pueblo con una juventud sumisa y explotada no provocará temblores de progreso, sino suspiros de resignación.
Jorge Abad
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