Idealizar a un político es otorgarle un cheque en blanco para abusar del poder. Desde una perspectiva psicocriminológica, ver a un gobernante como un «salvador» es altamente peligroso, ya que anula la autocrítica ciudadana y abre una vía libre para la delincuencia institucional. Para lograrlo, los políticos evitan la lógica y despliegan estrategias de manipulación que conectan con las emociones, miedos y necesidades de identidad más profundas de la población.
Por su parte, los ciudadanos defienden al político para saciar la urgencia de orden, certeza y pertenencia grupal en tiempos de crisis. Al fusionar su identidad personal con la del político, el seguidor canaliza sus frustraciones y encuentra un propósito. Esta dependencia emocional es tan intensa que activa un sesgo de negación: ante pruebas contundentes de corrupción, el cerebro prefiere fabricar excusas antes que admitir el fraude, evitando así el doloroso vacío de perder sus certezas morales.
Este blindaje social es el escenario perfecto para el delincuente de cuello blanco, que cuando es descubierto, manipula la narrativa mediante la victimización política o técnicas de «condena a los denunciantes». Acusan a jueces y periodistas de conspirar para «frenar el cambio», transformando un delito común en una supuesta persecución injusta. Al final, esta devoción ciega normaliza la impunidad; el político manipulador se siente intocable y escala sus delitos, sabiendo que sus propias víctimas aplaudirán y blindarán sus acciones.
La idealización política transforma la psicología de las masas en el escudo perfecto para la criminalidad estatal. Mientras el ciudadano defienda al político para proteger su propia seguridad emocional, la corrupción seguirá naturalizándose, perpetuando un círculo vicioso donde la impunidad sale gratis y el control democrático se vuelve imposible.
Luis Fernando Pilco Peñaherrera
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