Las recientes reformas al Código de la Democracia son, en el mejor de los casos, un parche superficial que no resuelve el problema de fondo. Lo digo con claridad: mientras no cambiemos la estructura interna de los partidos políticos, seguiremos atrapados en la misma mediocridad y corrupción que nos aqueja.
No basta con modificar las reglas electorales o controlar el gasto de campaña si los partidos siguen sin exigir un número real de afiliados y sin formar cuadros políticos profesionales. La verdad es que muchos candidatos llegan a sus cargos porque compran su puesto, no porque representen a una base sólida ni compartan una visión clara para el país. Así, el reciclaje de funcionarios es inevitable, y con él, la perpetuación de intereses oscuros y la infiltración del crimen organizado.
Además, la proliferación de más de doscientas organizaciones políticas hace imposible que el Consejo Nacional Electoral supervise adecuadamente el financiamiento y las campañas. Esto no es solo una cuestión de voluntad política, sino también de capacidad técnica, que hasta ahora no se ha fortalecido.
La raíz del problema es que quienes toman las decisiones no tienen verdadera convicción democrática ni vocación cívica. Por eso, las reformas recientes son solo “pañitos de agua tibia” que calman momentáneamente, pero no curan la enfermedad.
Si queremos una democracia sana, debemos exigir reformas profundas: partidos con bases reales, candidatos comprometidos y controles efectivos. Solo así podremos romper el círculo vicioso y construir una política honesta y eficiente. Mientras tanto, seguiremos perdiendo oportunidades y, lo peor, la confianza de la gente en sus instituciones.
Santiago Paúl Saraguro Jaramillo
santiagosaraguro29@gmail.com
Saludos estimado Santiago. Felicitaciones por el articulo, claro y consiso, un aporte a la reflexión