Un amigo cuenta que, una tarde cualquiera, en medio de este frio que cala hasta el alma, ocurrió algo curioso: salió el sol. Y justo cuando comenzaba a esconderse detrás del Villonaco, recibí una propuesta que me sacudió por dentro, como un temblor inesperado en la calma:
– ¿Te gustaría venir a trabajar acá en Quito? Te pagarían un buen sueldo, contaras con un vehículo a tu disposición…todo.
Tras una leve pausa, mi amigo respondió:
– Te agradezco, hermano. Es una gran propuesta. Pero no… no podría.
Luego agrego, con esa calma que solo tienen quienes ya han dejado el camino:
– El peor castigo para mi seria alejarme de esta tierra que la llevo en mi alma. No hay dinero, promesa ni ciudad del mundo que me compense alejarme de esta Loja que habita en mí.
Porque yo amo a Loja… con todo mi ser. No viviría en otra ciudad del Ecuador, ni en otro país.
Ni Quito ni EEUU – por bellas que sean- pueden competir con el significado profundo que Loja tiene para mí. Ni el oro más puro, ni el salario más alto me haría renunciar a esta tierra que no solo me vio nacer, sino que me ha moldeado, verso a verso, piedra a piedra.
Mi amigo hizo una pausa, como buscando las palabras justas en lo más hondo de su pecho. Luego, con la mirada perdida en el horizonte continuó:
Loja no es solo un lugar. Es una herencia, un canto, una forma de ver al mundo. Su gente, su cultura, su música, su literatura… son una maravilla que solo quien la ha vivido puede comprender.
– Aquí nací. Aquí aprendí a soñar. Aquí quiero vivir hasta el último de mis días.
Y si alguna vez tuviera que justificar esta devoción, no diaria más que mi propia verdad, esa que ya ha dejado escrita como una sentencia del alma: NADA, ABSOLUTAMENTE NADA, HAY COMO LOJA, SOLO OTRA LOJA.
Jaime A. Guzmán R.
jaimeantonio07@hotmail.es